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viernes, 22 de febrero de 2019
La vida
Miré la alfombra de rocas negras que se extendía sobre mí. “Estamos a crédito con la vida” había comentado Jon hace años. Mi respiración estaba alterada, desde que llegué había estado alterada.
Esa visión me recordó a mí misma hace apenas una semana, también rodeada de rocas oscuras que centelleaban cuando la luz rozaba el hielo de su superficie, como una miríada de imágenes plateadas prístinas. Y nos reconfortaban en la oscuridad del espacio. A Jon y a mí. En los anillos de Saturno el planeta emitía un halo de majestuosidad a su alrededor. Ahí se erguía, orgulloso e impasible con el devenir de los años.
Me siento sola y minúscula. Miré a Jon y aquel paisaje tan familiar. Jon dormía ahora a pesar de todo. Emitía un débil lamento. Me quedé inmóvil sin articular sonido, frágil, llorosa, sobrepasada.
La nave de reconocimiento danzaba gracias a la inteligencia artificial por entre las rocas de la División de Cassini, algo había allí que no esperábamos, una concentración de energía electromagnética tan absurdamente alta que debía haber despedazado todo a su alrededor. Nos encargaron a Jon y a mí la tarea de llegar allí e informar de lo que veíamos. Y no vimos nada. Todo pasó rápido. Luces apagadas. Nos vimos succionados hacia un punto que no veíamos entre las partículas de roca y hielo. Ni relámpagos, ni rayos ni fuegos artificiales. Aparecimos en este planeta con aire débilmente respirable y agua pero sin rastro de vida.
Jon no parecía moverse. Mis dispositivos indicaron que tenía una sepsis. No tenía herramientas médicas suficientes, ni los antibióticos habían hecho efecto. Quizá fuese la comida de la Estación.
Nada nos indicó en su momento que habíamos pasado por un puente Einstein-Rosen. Y aquel planeta, sí, aquel planeta, no era otro que nuestra Tierra, un trozo de piedra enorme en medio del universo. Me llevó tiempo descubrirlo, sí. Era nuestro planeta. Pero sin vida. No había ni un rastro orgánico en todo aquel entorno.
Jon tenía la particular visión de que la vida en nuestro planeta no había sido una casualidad, pero evitaba cualquier explicación sobrenatural. “La vida emergió y hay un precio a pagar”. Sí Jon. Tienes razón Jon. Y luego me reía. “Estamos a crédito con la vida”, insistía.
Jon balbuceaba. Oscuridad, tinieblas, desazón, angustia, locura.
Nosotros éramos el camino de la vida. Jon y yo íbamos a ser los que pusiéramos la vida sobre la Tierra. Éramos los Adán y Eva verdaderos. Nos íbamos a morir y a sembrar la semilla de una vida que no había surgido del azar ni de la casualidad. Nuestro ADN y nuestras bacterias poblarían la Tierra.
Ya tengo una historia que contar. A Jon. Al aire. A la nada. La Tierra iba a albergar vida gracias a un viaje en el tiempo, el de Jon y el mío.
Exhalé el aire que me quedaba en los pulmones y me dirigí a donde estaba Jon. Estaba empapado de sudor e inmóvil, los ojos abiertos y puestos en mí. Al final tenía razón. Nada fue una cuestión de suerte. Había muerto.